En otoño cuando caen las hojas, saca el bolígrafo y escribe al vuelo
Octubre 13, 2008
A ver si retomo un poco mi vena literata, más que nada porque el concurso de literatura de la zona se acerca.
Aidenn
Mi mente es de temporada, como el pensamiento. Y al igual que los pensamientos, sólo florece en determinadas épocas del año. En mi caso esto ocurre siempre que los rayos del sol inciden perpendicularmente sobre mi cabeza desbordando su interior con una asombrosa lucidez.
En un mundo siempre habitado por una imperturbable penumbra, un cambio de tal magnitud no pasa desapercibido y rápidamente una serie de precisos y sincronizados eventos, empiezan a tomar el protagonismo dentro de mi cabeza. Para empezar, la luminosidad que abarca todo descubre dentro de mí a un pequeño personaje con sombrero de paja, botas y peto de granjero. Parece muerto, desfallecido, y un manto de escarcha reposa sobre sus pestañas como si fuera un sueño. La luz le hace parpadear y gracias al flujo continuo de fotones convertidos, una vez más, en un eructo de vida, mi pequeño ser echa a andar como en su día hizo Adán. Del bolsillo de su peto saca las llaves del almacén dispuesto a comenzar su labor. Coge el azadón y comienza a arar el suelo.
Un enorme e impertérrito sol preside todos sus actos y, a juzgar por el buen tiempo, una vez terminado el trabajo podrán recogerse frutos suficientes para tres o cuatro vidas, bueno, quizá no tantas.
Pero el buen labriego comienza a cansarse, le gustaría tanto que todo fuera más fácil… ¡y lo es! Como ya he dicho antes, hay determinadas épocas del año en las que mi mente es descaradamente fértil y las ideas florecen por doquier. Así, el mucho holgar y poco trabajar le hacen plantearse al viejo agricultor cómo viviría mejor. Se imagina dentro de unos años, dueño de una vida estable que maneja con soltura, gozando de todos los placeres de la vida, porque no hay ninguno que le sea privado. Es un gran comerciante, un gurú del sector primario de la economía que es la agricultura, con campos eternos donde todo lo que abarca la vista le pertenece, ¡e incluso más! ni cerrando los ojos podría evitar ver algo que no fuera suyo. Y de pronto, como si fuera un sueño, se da cuenta de los prodigiosos cambios que se dan a su alrededor. El viejo páramo estéril que tanto se lamentaba en trabajar se está convirtiendo en un idílico jardín. Compactos y vistosos grupos de rocallas crecen y se extienden por las laderas, laderas que van cogiendo forma del mismo modo que lo hacen las magdalenas y bollos en el horno. Un arrollo marca su destino por el suelo virgen, surcando las piedras que encuentra a su paso y bañándolas en plata, y a sus márgenes florecen juncos, lirios y nenúfares que muestran su belleza en todo su esplendor. Rosales, gardenias y jazmines inundan con sus fragancias toda la estancia, y más allá, sobre un mar de alta hierba, se yerguen orgullosos unos girasoles saludando con respeto a su patriarca, el sol. Pero sin duda, lo más majestuoso de este jardín, es un enorme y frondoso cerezo que con sus brillantes pétalos inundando el cielo azul parece querer mostrar al mundo el apogeo de su juventud.
El granjero ve en él reflejado su sueño de comodidad, y por más que lo intenta no puede explicárselo. Parece que hay veces en la vida en las que las cosas vienen solas, y receloso, temiendo perderlo, si instala bajo su sombra como un coloso protector. Solo queda esperar al factor polinizador que son los insectos y su sueño se verá cumplido. Este es el comienzo de su imperio.
Pero los insectos no llegan, y no es que no haya; pueden verse abejas y mariposas revolotear sobre las lilas, y enormes libélulas acechan a sus presas junto al arrollo. No, no es eso, tiene que ser otra cosa; simplemente no quieren ayudar al pobre granjero que, visiblemente enfadado y ofuscado, se ha puesto él mismo a la labor. Con sus grandes y regordetes dedos intenta polinizar una a una todas las flores, todo sea por cumplir su sueño, pero es brusco y patán y ninguna queda indemne a su paso.
Terriblemente irritado se retira a su cama, ¡qué necesidad tenía él de hacer tan ingrato trabajo! Total, en el peor de los casos, en caso de verse en la necesidad, sabe perfectamente cómo arar un campo. Cierra los ojos, el zumbido de las abejas le molesta, malditos insectos que han rehusado ayudarle…el sol también molesta y maldice a la luz que lo inunda todo. Poco a poco empieza a dormirse, y poco a poco empieza a hacer más frío, y poco a poco la luz se extingue, y un manto de escarcha cae sobre sus pestañas como si todo hubiera sido un sueño.
Si algún día os dejáis caer por este jardín comprobareis que ya no es tal: no quedan flores ni riachuelos, ni olores ni mariposas, solo el trémulo tronco de un marchito cerezo y, bajo él, los cadáveres de cientos de abejas alas que el frío sorprendió en mitad de su trabajo. No veréis nada, ni siquiera al viejo granjero, tan solo un girasol, un marchito y solitario girasol sin rumbo que gira y gira siempre en torno a lo que más brilla en cada momento.