Feliz utopía
Julio 3, 2008
Sin lugar a dudas hoy por hoy un cuento doloroso, sin lugar a dudas mi cuento favorito.
“Estoy enfermo, eso dicen. Algunos me llaman loco, pero yo era feliz. Dicen que hay algo en mi cabeza que no funciona bien, pero tenía todo cuanto pudiera desear. Si alguna vez alguien quiso ayudarme, está claro que no lo consiguió.
Todo lo que perdí comenzó el día que la encontré. No ha cambiado nada desde aquel día. Sus ojos oscuros, su largo pelo castaño y ondulado cayendo suavemente sobre sus hombros, bailando al compás de la brisa matinal, la dulzura de su voz y la gracia de sus movimientos, su espíritu alegre y jovial, y su sonrisa. La más maravillosa y preciosa sonrisa que jamás hubieran visto mis ojos adornaba su brillante rostro. Encontré su mirada por primera vez entre la multitud, esquivando los cuerpos de la gente que se interponía entre nosotros como una cortina se interpone entre el hombre moribundo y la luz esperanzadora del sol. La miré, y me sonrió. Y entonces supe que no volvería a pasar un solo minuto de mi vida sin pensar en ella.
Mi vida entonces era plena. Nunca me había sentido infeliz antes, pero desde que la conocí me sentí más feliz y vivo que nunca. Cada mañana era un regalo y cada momento junto a ella una bendición. Me levantaba con una sonrisa, y esa misma sonrisa era la que celosamente guardaba bajo mi almohada por las noches. No pedía nada a la vida, tenía todo lo que necesitaba y temía que algún día la balanza que rige el mundo, encapuchada bajo una túnica negra, se presentara en mi puerta para aclararme el error que se había cometido: un exceso en mi ración de felicidad. Por eso nunca quise decir nada. Fue por eso, tenía miedo de perderlo.
Había pasado un año y medio desde que nos conocimos. Un año y medio de continua felicidad, de paseos por las tardes y caricias por las noches. Nuestra relación se hacía cada vez más profunda e íntima: jamás había conocido a una persona tan afín a mí, como si fuéramos una misma persona. Compartíamos pensamientos, miedos y secretos, nos hacíamos promesas eternas sabedores de que lo nuestro nunca perecería. Conocí a su familia, a sus amigos y, su hogar, poco a poco se fue convirtiendo en el mío. Recuerdo que fue entonces cuando mis familiares y amigos empezaron a interesarse inusitadamente por ella y su entorno. Yo, receloso, siempre había conseguido evitar sus indiscretas preguntas, pero poco a poco la curiosidad crecía, una curiosidad que en sus ojos se leía como “miedo”.
Un día la situación se hizo insostenible. Había notado ese ambiente tenso a lo largo del día, pero a la hora de la cena todas las miradas se volvieron contra mí. Las gargantas de mis padres escupían duras e hirientes recriminaciones en mi contra, ¿cómo decirles que lo había intentado? Ciertamente había intentado presentarles el amor de mi vida, pero ella se prestaba tan esquiva…cada vez que había sacado ese tema de conversación podía leerse en sus ojos una agonía y un temor que mermaban cualquiera de mis propósitos. No sabía muy bien porqué, pero lo que si sabía era que no podía hacerle eso. Las increpancias de mis padres no cesaban, demasiadas preguntas que no era capaz de responder, me sentí aturdido, sin escapatoria, sudores fríos recorrían mi espalda y un sabor amargo me atoraba la garganta, las voces de mis padres parecían cada vez más y más lejanas… todo empezaba a relajarse, cerraba los ojos… No recuerdo lo que pasó después.
“Estás enfermo. Podemos ayudarte”, dijo el doctor. Definitivamente la balanza había llamado a mi puerta.
Muchas cosas cambiaron durante los ocho meses que estuve ingresado. Entre otras cosas, mi locura pasó a llamarse esquizofrenia y mi novia taraxina, que al parecer no era más que una sustancia que mi sangre producía y que me hacía ver alucinaciones. Un par de sesiones de insulina al día solventaban el problema. A eso se reducía mi anterior felicidad. También yo cambié. Me sentía traicionado, mis ojos llorosos delataban el estado de mi alma descompuesta, solo y desamparado, me habían abandonado. El único motivo que me mantuvo en pie fue la ira y el odio ¿cómo podía haberme mentido de esa manera? Me prometí a mi mismo que saldría de esto, saldría fuera como fuera con tal de devolverle todo el daño que me había hecho. La ignoraría, si, eso iba a hacer, me lo dijo el doctor, ¡eso le dolería! y cuando un día, carcomida por el reproche, se acercara gimoteando a mis pies, la diría: “Vete, fuera, solo eres una falacia de mi mente, una quimera” daría media vuelta y la dejaría allí mismo para siempre. Este pensamiento era mi estandarte cada día, pero por la noche las cosas cambiaban. Me resignaba a apartarla de mí, olvidar su pelo, su mirada… su sonrisa. La lógica me partía el corazón, me dejaba mudo, y la lógica podría gobernar a la razón, pero mi corazón estaba roto y necesitaba a alguien que lo curase. Cuantas noches mirando la luna a través de mi ventana lloré por ella, cuantas veces soñé con ser un fantasma, una ilusión, y alejarme para siempre de aquellas paredes para encontrarme con ella. Y cada noche, cuando creía que al fin lo iba a conseguir, la madrugada nos traicionaba y me arrancaba de aquel dulce sueño. Vuelta a la realidad, la dura y fría realidad. Maldita mentirosa, cómo pudiste engañarme así…
Hoy día, dicen muchas cosas de mí. Dicen que estoy curado, que soy un tipo normal y que estoy integrado de nuevo en la sociedad. No duermo por las noches, atormentado por dolores que se diluyen en la mañana haciendo imposible recordar su origen. Paso los días deambulando por el parque, con mirada perdida buscando nosequé cosa que no recuerdo bien, siento que mi vida esta vacía, sin motivación alguna, y hace años que no consigo un trabajo que me dure más de tres meses. Sigo vivo porque supongo que es lo que hace la gente sana, y eso es lo que dicen que soy.
Pese a todo, hoy ha ocurrido algo, algo tan extraño como extraordinario que me ha llevado a escribiros esto. Mientras deambulaba por el parque, como de costumbre, sentí una extraña presencia que me congeló el corazón, y un aroma de tiempos lejanos pareció inundar todo el ambiente. Me giré, y ahí estaba ella, tan radiante como siempre, mirándome y… ¡sonriéndome! Algo estalló dentro de mi, algo tan potente capaz de alejar los nubarrones grises que desde tanto tiempo me acompañaban. Si pudiera, vendería sin dudar mi alma a cambio de tener un pacto de sangre con las palabras, un pacto para que se postrasen ante mí, y poder dominarlas a mi antojo para haceros ver cuan hermosa volvió mi preciado amor a mis ojos. Sin pensármelo dos veces salí corriendo tras de ella.
Su paso era rápido y ágil, al principio me costaba seguirla el ritmo, pero a medida que pasaba el tiempo sentí como mis pulmones volvían a albergar vida dentro de ellos, su elegancia me alentaba, era como una gacela, y yo un león prendado de su belleza. Antes de que pudiera darme cuenta, estábamos en su casa, o mejor dicho, en lo que había sido su casa. Rompí a llorar, lo que un día fue el edén de nuestro amor, no era mas que ruinas y árboles secos, su mirada triste me condenaba, sabía que el culpable era yo. ¿Cómo fui capaz de olvidarlo, de negarme a mi mismo? Cómo podía haberle hecho esto al amor de mi vida…
Recuerdo el viejo roble bajo el que pasamos tantas tardes de verano cobijados bajo su densa sombra, como intentando pasar desadvertidos para el resto del mundo. Ahora no es mas que un tronco mustio pero, aun así, creo que aguantará. Todo esta preparado, y mientras escribo mis últimas palabras, ella me sonríe. Yo también sonrío, ahora se que nada ni nadie me volverá a separar de ella. Por un momento, tengo miedo, tiemblo, pienso en vosotros; ¿y si esto no es mas que otra ilusión vanal de mi cerebro? Pienso que debo estar loco… ella me mira y ríe dulcemente, y yo se que soy el hombre más afortunado del mundo.
Os dejo este testimonio con el deseo de vuestra pronta recuperación, yo nunca estuve loco, si no fue de amor.”
esta chida